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 Bitácora de vuelo de un aspirante a escritor (y ser humano) 

Acerca de mí

RobertoNací en Santiago de Chile, en marzo de 1973. Soy editor de narrativa de la revista Plagio, y colaboro habitualmente en radio Rock and Pop.

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Martes, 02 de agosto de 2005

Cinco tonteras, cinco cuentos y una nota final

I. Una de las cosas que más me gusta de la película Alta fidelidad —sí, lo admito, no he leído el libro de Nick Hornby— es cuando sale Rob Gordon (John Cusack) haciendo sus listas de cinco discos favoritos en distintas categorías. Su actitud es infantil, pero los hombres a esa edad, bordeando los treinta, somos así: inquietos, buenos para las pataletas, buscadores de un pecho materno, amantes de las listas. II. Me da una lata enorme que los libros de cuentos sean tan mal cotizados por las editoriales. Un autor puede llegar con una novela bajo el brazo y el editor salta de alegría de su asiento; pero en si, en cambio, el fajo de hojas contiene un conjunto de cuentos, el editor, circunspecto, se queda mirando fijamente al autor y le dice: "Ah, qué bueno, ¿y no tienes una novela por ahí?". III. He leído que en España sólo a autores consagrados, como por ejemplo Vila-Matas y Javier Marías, les publican libros de cuentos. En Chile pasa algo parecido. A Fuguet no debió costarle publicar Cortos, sin duda, pero he sabido de varios autores que no han encontrado la acogida que hubiesen deseado de su casa editorial. Normalmente las llamadas editoriales independientes son las que asumen el riesgo de publicar relatos. Y hablo de riesgo porque los lectores compran poco libros de este tipo. A fin de cuentas, la novela es la que genera plata. IV. Es raro esto de que en Chile se prefiera el relato largo. Uno supone que en un país donde se lee tan poco y donde, además, la gente se pasa quejando de que no tiene tiempo para nada, los libros de cuentos deben ser grito y plata. No es así y no se ve que esto cambie. Y repito: es raro, y es penoso, sobre todo para los amantes del cuento. V. Como una forma de reivindicar el relato corto —y para darme el gustito de hacer una lista— es que quiero dar a conocer los cincos mejores cuentos que he leído en mi vida. Ojo, hay miles de libros que no he leído, mis deudas literarias son vergonzosas, por lo tanto el sesgo de esta muestra es enorme. Otra cosa: el único parámetro con el que he seleccionado estos relatos es el de la emoción. Todas estas historias me han tocado alguna fibra. Eso se agradece. El orden de aparición de los cuentos no indica nada. 1. Maribel bajo el brazo, de Marcelo Leonart. La muerte de la única hija es una prueba casi infranqueable para una pareja; y si a eso le agregamos un fantasma, una especie de clon viviente de Maribel, la hija muerta, la vida se torna insoportable. El dolor se palpa en cada letra. 2. Caballos en la niebla, de Raymond Carver. Una carta de despedida. La letra no es de la mujer. El hombre se sobresalta. En el porche ve una maleta y a dos caballos apareciendo de una espesa niebla. La mujer está con ellos. Una par de policías completan el cuadro. Nada es como parece. Quizás la culpa es de la niebla. 3. Casa tomada, de Julio Cortázar. ¿Qué diablos es lo que va cercando a la pareja de hermanos? Poco a poco la casa está siendo tomada. Atrás quedan muebles, libros franceses, un par de pantuflas, una pipa, pedazos de historia. Asfixiante relato que deja lugar para muchas lecturas. 4. Últimos atardeceres en la tierra, de Roberto Bolaño. B y su padre se van de viaje desde el DF hasta Acapulco. Ambos se están dando una oportunidad, quizá sea ésta la última. Respeto, acostumbramiento, rabia contenida, resignación y algo de afecto. Un texto sobrecogedor. 5. Un día perfecto para el pez plátano, de J. D. Salinger. Una pareja de recién casados. Ella cree conocerlo bien, o se engaña a sí misma. Él juega con una niña en la playa y le habla del pez plátano. Algo va a estallar, se huele, se palpa. Un cuento que se lee aguantando la respiración. Nota: de los autores mencionados se puede decir que tres de ellos están muertos, uno se enclaustró para siempre y el otro gusta vestir poleras sin mangas.

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Sábado, 23 de julio de 2005

El ladrón de manuscritos

Los manuscritos tienen ese no sé qué. Admito que sufro cierto fetichismo hacia ellos. Si tengo la fortuna de toparme con uno de ellos sigo un riguroso ritual. Antes de leerlo lo examino cuidadosamente: primero le tomo el peso, veo si está escrito en hoja tamaño carta u oficio, compruebo el número de hojas, noto si está escrito a doble espacio o no, y reviso el tamaño y el tipo de letra. El anillado y el color de la mica transparente también importan. Nada de colores chillones, por favor. Austeridad ante todo. Austeridad y simpleza. Luego de eso alejo el manojo de hojas, leo el título unas tres veces y trato de adivinar la trama. Para esto último ayuda mucho —o engaña, según sea el caso— el conocimiento previo del autor. Creo, a pie juntillas, que las primeras páginas se tienen que pasar con extrema delicadeza. El comienzo de cualquier trabajo literario es importantísimo, más aún en un manuscrito. Uno tiende a pensar que un libro impreso ha pasado por un comité editorial competente, por lo tanto, si el comienzo no es bueno, mejorará en las páginas venideras. En un manuscrito este prejuicio positivo no tiene cabida. Si el inicio es flojo, es muy posible que el lector no avance más. Personalmente me encantan los manuscritos por la ingenuidad y pureza que proyectan. La sensación de estar frente a un diamante en bruto es impagable. Un texto todavía no contaminado con los criterios editoriales. Un libro virgen. Un feto. Como se sabe, no todos los embarazos llegan a dar a luz, como tampoco todos los manuscritos son finalmente publicados, pero al tener entre las manos un libro virgen ya se puede disfrutar anticipadamente de ese bebé —da lo mismo si después la lectura resulta agradable o tediosa—, y a modo de arrumacos uno lo hojea y lo huele y lee cualquier párrafo al azar. La primera vez que asistí a un taller literario una niña de quince años leyó un cuento de su autoría (digo niña pues las trenzas y su delgadez no la hacían aparentar más de trece abriles). El cuento trataba sobre un hombre adulto y su aventura con una prostituta. Puede que sea al revés también: las vivencias de una prostituta con un cliente nuevo. El caso es que el cuento era redondo, convincente, sólido como una roca. Yo guardé esas hojas y todavía las tengo escondidas bajo llave en un cajón de madera. Sé que son apenas seis hojas corcheteadas, pero si leyeran el mentado cuento entenderían mi entusiasmo. En ese cajón también guardo algunos manuscritos de amigos escritores que constituyen dos novelas y una colección de cuentos. Curiosamente ninguno de estos trabajos ha sido todavía publicado, lo que le da mayor valor a mi tesoro. Imagino el día en que la otrora niña (no he sabido nada de ella en cuatro años) se haga famosa y yo pueda decir: "Tengo el manuscrito de un cuento de esta afamada escritora". Esto también cuenta para los autores de los otros textos, todos ellos de muy buena factura, por cierto. Si no se han publicado todavía ha sido por decisión de los propios autores o porque permanecen entrampados en kafkianas negociaciones con las editoriales. Las personas que tienen el privilegio de recibir un manuscrito, en su gran mayoría, se dan su tiempo para leerlo, subrayan las mejores frases, anotan sugerencias específicas a un costado de las páginas y, en letra grande y clara, redactan una opinión general al final del texto mismo; también se reúnen con el autor a tomar un café para comentar el relato en cuestión. Obviamente el manuscrito es devuelto con una sincera sonrisa dibujada en el rostro y se agradece la confianza depositada. Yo no hago eso, al menos no del todo. Recibo feliz el manojo de hojas, lo leo con premura, casi nunca lo subrayo y jamás lo devuelvo. El rito del café y el comentario general (oral y no escrito) no me lo salto. Es lo mínimo que uno puede hacer, y, ojo, no acepto que el autor pague la cuenta, no, de ninguna manera, la sola posibilidad de tener un nuevo tesoro en mi cajón ya es demasiado regalo. ¿Y qué diablos hago con los textos que finalmente no me gustan? Los dejó apilados en un rincón de mi oficina. Soy incapaz de destruirlos. Bueno, por este y por otros motivos es que no recibo muchos manuscritos. Ya me hice la fama de aprovechador, como decía mi abuela.

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Miércoles, 13 de julio de 2005

Capítulo 1 de proyecto de novela

A modo de prólogo: Aquí no hay ficción. Hace siete noches maté a un hombre. Lamento haberlo hecho, aunque la muerte de ese tipo no me importe en lo absoluto. Alonso, mi sobrino de ocho años, vio todo y desde ese día no ha vuelto a hablar. Él junto a Rita, mi hermana melliza, son las personas a las que más amo. Si lo pienso, creo que son las únicas personas a las que amo. Lo de Karla es distinto, ya tendré tiempo de explicarlo. Rita es sicóloga y está convencida de que el mutismo de su hijo es temporal. Yo también quisiera pensar lo mismo. Me da una lata tremenda tener que hablar de mí y de mi familia, incluso el hecho de escribir esto en mi computadora —como lo estoy haciendo ahora— me produce hastío. Yo sólo escribo historias ajenas, historias que robo por ahí, en las calles, en las salas de espera y principalmente en el metro. Encuentro demasiado fácil contar una historia autobiográfica. No le veo la gracia. Cabe aclarar que yo no le veo la gracia a casi a nada, sólo a las cosas que hace Alonso. Mi secreto para robar historias es concentrarse en las voces. Cierro los ojos y escucho el murmullo, de a poco empiezo a separar las voces, a relacionarlas, a distinguir cuál voz habla con otra, y cuando creo que he logrado captar algo interesante, lo anoto en mi libreta. De ahí saco, supuestamente, cuentos y poemas. En realidad sólo he escrito un par de cuentos y un par de poemas. Soy demasiado exigente con las historias y con mis textos, pero ojo, eso no asegura la calidad de ellos. Aclaro que lo que cuento finalmente (sea en prosa o en versos) no es necesariamente igual a lo que escucho. Rescato la esencia y trato de construir algo, y tampoco sé distinguir muy bien un cuento de un poema. El problema es que mis poemas son demasiado narrativos, me ha dicho Rita en innumerables ocasiones. En el fondo sé que como poeta apesto (el premio que gané hace un mes y medio no cambia en nada mi opinión), y constatar eso me produce cansancio, no pena. Voy a contar esta historia —y de hecho éste sería mi primer proyecto de relato largo o novela, como se quiera llamar, ya que prefiero los cuentos y los poemas; todavía no he leído una novela que sienta que no está sobrescrita— para que quede un documento de lo que me ha pasado estas últimas semanas, una especie de testimonio de lo que me sucedió entre el 25 de julio y el 8 de agosto del 2004. Hoy es domingo 15 de agosto y esta última semana no ha parado de llover. A veces pienso que seguirá lloviendo hasta que Alonso diga algo. Lo que es yo, no voy a parar de escribir hasta terminar esta historia, mi historia, que quizá no cuaje mucho con la historia de los demás protagonistas, incluyo en esto la historia del muerto...

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Domingo, 10 de julio de 2005

Versos escondidos en el ático

Los poetas jóvenes me tienen chato, cansado, aburrido. Hablo de los mozalbetes compatriotas dedicados a la lírica, de los que he leído, escasamente leído, pues luego de los primeros versos el desánimo me supera y cierro los ojos. Estos valientes muchachos aparecen en revistas literarias (financiadas por ellos mismos), en cientos de cadenas de mails (mandados por ellos mismos), en los cafés literarios (ser poeta y no asistir a estos cafés, es una contradicción biológica) y, finalmente, en cualquier esquina del barrio Lastarria. No es difícil reconocerlos. Visten distinto al resto, pues, o andan enteros de negro, o lucen muy compuestos con sus pintas de intelectuales; también están los que revientan sus ropas de colores (no olvidar el pañuelo naranjo amarrado al cuello). Todos ellos apresan un libro de algún poeta maldito bajo el brazo. Son una plaga. La guinda de la torta fue el libro Cantares, antologado por Zurita. Se oyeron muchas voces en contra del texto (¿o de Zurita?). De muchos de esos negativos juicios me siento parte. Da la impresión de que los jóvenes escritores tienen muy poco que decir; disfrazan esta falencia con palabras rebuscadas y algún otro recurso como escribir con distintos tipos de letras. La falta de ideas no me molesta tanto (es un cliché, pero es cierto: todo ya está escrito), la de sentimientos sí, y la ausencia de simpleza también. A tanto llega esto que inventan recitales poéticos para mostrar sus trabajos (y ni siquiera tienen buena voz). Creo que los poemas se deben leer y listo, lo demás es tontera. No olvidar un disco que salió hace poco que combinaba música tecno y poesía. Uf. No olvidar las nunca bien ponderadas "acciones poéticas" (en este saco cabe de todo). Bombardear la ciudad española de Guernica lo encontré curioso, gracioso, pero nada más, una humorada a la altura de las cámaras indiscretas que aparecían en el antiguo programa de Sábados Gigantes. A veces pienso que nuestros poetas jóvenes, en general, han llevado una vida fácil (eso es lindo y me alegro por ello) y que no son capaces de hacer suyos, por último, tormentos ajenos (sí, me apareció el resentido que llevo dentro). Una joyita de ejemplo: existe un poema (¿?) que repite un centenar de veces la palabra fuego. Eso es todo. Fuego, fuego, fuego, fuego… ¿Qué lindo, no? Lo leí varias veces creyendo que algo se me había pasado y no encontré nada. Quizá soy un retrógrado, un hombre poco vanguardista (qué peligrosa es esa palabra); mejor así, quedarse encallado en versos como "polvo será, más polvo enamorado" no le hace mal a nadie. Los libros de poesía (de autores jóvenes, entiéndase menores de treinta años) no abundan tanto. Son poco comerciales. La mayoría son autoediciones de muy buena factura, excelente calidad de papel, atractivos diseños de portada y diagramación, pero escasos en versos. El poco número de versos no sería problema si la calidad de los mismos fuera interesante. Pero el panorama no es tan negro como bufonamente lo pinto, siempre hay excepciones. Destaco tres: Insistencia, de Carmen García; Mudanzas, de Alejandro Zambra; y Completa, de Paula Ilabaca. De partida son libros que se entienden —y eso no es menor—, poseen una voz propia y se aprecia cierto desgarro (siempre mostrado con sutileza) en los poemas. Al finalizar de leer cualquiera de estos textos queda la sensación de que el autor necesitaba escribir con urgencia aquel libro. Para terminar. ¿Y quién es éste que viene hablar mal de los poetas jóvenes?, se preguntarán legítimamente muchas personas. Respondo: sólo soy un desconocido prosista, un lector medio y un frustrado poeta que ha tenido la decencia de guardar sus versos en un cajón sellado en el lugar más oscuro y húmedo del ático. Todavía queda espacio en el cajón por si hay interesados, digo.

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Lunes, 04 de julio de 2005

Revisión técnica

Estoy revisando una novela que tengo prácticamente terminada. Creo que uno jamás acaba por terminar de corregir; tan sólo se cansa y enarbola la bandera blanca. El Guille, un nuevo amigo, me ha ayudado mucho en esta noble tarea. Él tiene un ojo clínico para descubrir errores de sintaxis, o simplemente para hacer notar que lo dicho en diez palabras se puede resumir perfectamente en cuatro. Admito que es vergonzoso, en ciertos casos, darse cuenta de lo mal que uno escribe. Pero también es gratificante tener la posibilidad de poder superarse (eso sonó a libro de autoayuda, Dios me libre). Aclaro: esta novela no es Corazón cojo; puede ser que el relato esté cojo, pero eso es harina de otro costal. Por razones de seguridad no mencionaré el título todavía. Bueno, el hecho de que todavía no tenga un título fijo también influye en mi silencio. Mucha cháchara hasta ahora. Lo que quería decirles es que corregir puede resultar mucho más agradable que escribir, menos tortuoso. Con el tiempo entraré en detalles sobre este punto. Nota: estas líneas no fueron corregidas en absoluto.

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Miércoles, 29 de junio de 2005

Un viejo poema

Internet da para mucho. Anoche descubrí a un poeta colombiano nacido en 1873. Su nombre es Raúl Caicedo y publicó sólo un libro, a pesar de que se cree que escribió muchos libros más. Este libro, de no más de treinta pequeños poemas, se titula Pienso en ti y tiene dos curiosas particularidades: todos los poemas terminan con la frase "pienso en ti", y los títulos indican una fecha específica. He aquí un ejemplo (este poema es el que más me llamó la atención): 2.5.1905. En los días nublados / pinto soles en el cielo / cuando pienso en ti. Lo encontré, a lo menos, tierno. Bonita forma de decirle al ser amado que es la alegría de su vida, incluso en los momentos más difíciles. Más de alguien alegará que estos versos son cursis, pero pienso que la sola imagen del poeta pintando soles en el cielo hace que valga la pena la lectura. Luego de esta brillante conclusión me centré en la fecha que aparece como título. Averigué que el poeta había nacido en Bogotá y después de navegar por horas en internet, descubrí que en esa ciudad, el día dos de mayo de 1905, el cielo lucía totalmente nublado. No explicaré cómo llegué a ese dato tan específico, pero espero que me crean. Imaginé a Caicedo mirando las nubes a través de su ventana con una pluma en la mano y salí al patio de mi casa. El cielo también estaba nublado. Era de noche. Una oscura noche. Por lo tanto dibujé estrellas y no soles, que para el caso da lo mismo (los soles también son estrellas), y pensé en Ella.

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Martes, 28 de junio de 2005

Corazón cojo

Estoy pensando en una novela. Sólo es un esbozo, pero todo nace así en la vida, como un mero esbozo. La novela consta de tres partes, cada una de ellas está relatada por distintos personajes y en distintas épocas. La primera parte la relata mujer 1 a mediados del 87; ella tiene 15 años y acaba de sufrir una decepción amorosa con hombre 1; un suceso ha marcado sus vidas más de lo que ellos mismos creen: han visto cómo los militares han matado a hombre 2 y han dejado en coma a mujer 2; hombre 1 pudo hacer algo y no lo hizo, mujer 1 trató de hacer algo y terminó con una bala en la pierna. La segunda parte la relata mujer 2 a mediados de los noventa; está en la universidad, es activista política y conoce a hombre 1; éste no le cuenta nada sobre el suceso; es la historia del amor que surge entre ellos. La tercera parte la relata hombre 1, estamos ya en el año 2005; hombre 1 está casado con mujer 2 (tienen dos hijos) y se reencuentra, luego de casi 18 años, con mujer 1: queda la grande. Bueno, la idea es centrarse en cómo el suceso primario logra unir y separar a estos tres personajes al mismo tiempo. También está el tema de la culpa, el amor, el desamor —en especial el desamor— y la fragilidad del ser. Se llamaría tentativamente Corazón cojo, pues mujer 1 queda levemente coja para toda su vida, y resulta una metáfora de lo inciertos que pueden llegar a ser los sentimientos. Hay miles de datos más, pero mi cabeza está tratando de resolver el asunto.

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Domingo, 26 de junio de 2005

Desfloramiento

Es mi primera vez. Espero que no duela tanto. Prentendo, amigos voyeristas, escribir por este medio solamente sobre la tortura-locura que significa escribir, escribir narrativa, pues soy escritor, o trato de serlo. Esto no significa que de repente no se me escapen aspectos distintos de mi vida por este blog. Entenderán que todo está relacionado. Todo. Es tonto dirigirme a un posible público. Creo que además de un par de amigos nadie más tomará en cuenta estas líneas. Quién sabe si de las posibles líneas que escriba aquí no pueda salir una buena idea. Resumen de mi "carrera" literaria: 1. Está mala la cosa afuera (Cuentos. Cuarto Propio, 2002). 2. Algo más que esto (Novela. Alfaguara, 2004). 3. Todas íbamos a ser putas (Cuentos. Alfaguara, 2005). También debiera incluir antologías y premios pero me da una soberana lata. No dolió tanto.

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